el murciélago

Jo Nesbø

Traducción de Bente Teigen Gundersen y Mariano González Campo



WALLA

1

Sidney

Algo iba mal.
Al principio la mujer del control de pasaportes había preguntado con una amplia sonrisa:

¿Cómo está, colega?

–Bien –le había mentido Harry Hole.
Hacía más de treinta horas que había salido de Oslo vía Londres, y desde el trasbordo en Baréin había permanecido en el mismo maldito asiento junto a la salida de emergencia. Por razones de seguridad apenas podía inclinarse hacia atrás, así que al llegar a Singapur tenía las lumbares hechas polvo. Ahora la mujer apostada tras el mostrador no sonreía.Había examinado su pasaporte con notorio interés. No era fácil saber si el motivo de su buen humor inicial era la fotografía o su nombre.
–¿Negocios?
Harry Hole suponía que en la mayoría de los lugares del mundo los funcionarios de pasaportes habrían añadido un «señor», pero, según había leído, ese tipo de fórmulas de cortesía no estaban muy extendidas en Australia. Tampoco le importó mucho. Harry no estaba demasiado acostumbrado a viajar al extranjero, ni era un esnob. Tan solo deseaba una habitación de hotel y una cama cuanto antes.
–Sí –contestó mientras repiqueteaba los dedos contra el mostrador.

Y en aquel instante la mujer frunció los labios, puso mala cara y dijo con voz estridente:
–¿Por qué no tiene visado en su pasaporte, señor?
El corazón le dio un vuelco, como hacía indefectiblemente cada vez que percibía que se aproximaba una catástrofe. ¿Quizá solo empleaban «señor» cuando la situación se ponía fea?
–Perdón, me olvidé –murmuró Harry mientras buscaba de modo febril en sus bolsillos interiores.
¿Por qué no habían grapado el visado especial al pasaporte al igual que hacen con los visados normales? De la cola detrás de él le llegó el débil zumbido de un walkman y no dudó de que se trataba de su compañero de asiento en el avión. Llevaba escuchando el mismo casete durante todo el viaje. ¿Y por qué narices nunca recordaba en qué bolsillo había metido las cosas? Encima hacía calor, aunque ya casi eran las diez de la noche. Harry notó que empezaba a picarle el cuero cabelludo. Finalmente encontró el documento y, aliviado, lo puso sobre el mostrador.
–¿Es usted policía?
La funcionaria de pasaportes alzó la mirada del visado especial y le examinó detenidamente. Ya no tenía los labios fruncidos.
–Espero que no hayan asesinado a algunas noruegas rubias… Se rió entre dientes y estampó el sello sobre el visado especial.
–Bueno, solo a una –respondió Harry Hole.
La zona de llegadas estaba repleta de representantes de turoperadores y chóferes de limusina que portaban carteles con nombres, pero en ninguno de ellos ponía Hole. Este se disponía a coger un taxi cuando un hombre de pelo negro y rizado y una nariz extraordinariamente ancha, que vestía vaqueros azul celeste y una camisa hawaiana, se abrió camino entre los carteles dando zancadas en dirección a él.
–¡El señor Holy, supongo! –afirmó de modo triunfal.

Harry Hole reflexionó un instante. Había decidido emplear el inicio de su estancia en Australia en corregir la pronunciación de su apellido y evitar ser relacionado con un hole, «agujero» Mr. Holy, señor Santo, quedaba mucho mejor.
–Andrew Kensington, ¿cómo está? –preguntó el hombre con una sonrisa a la vez que extendía una enorme mano.Fue como si hubiese metido la mano en un exprimidor.
–Bienvenido a Sidney. Espero que haya disfrutado del vuelo–dijo el extraño con evidente sinceridad, como si se tratara del eco de las palabras que la azafata había pronunciado tan solo veinte minutos antes.
Agarró la maltrecha maleta de Hole y se dirigió hacia la salida sin mirar atrás. Harry le siguió pisándole los talones.
–¿Trabajas para la policía de Sidney? –comenzó a decir.

Claro, colega. ¡Cuidado!

La puerta giratoria golpeó a Harry en la cara, en plena napia, y le saltaron las lágrimas. Una mala astracanada no habría empezado peor. Se frotó la nariz y se puso a decir palabrotas en noruego. Kensington le dirigió una mirada compasiva.
–Malditas puertas, ¿eh? –dijo él.
Harry no contestó. No sabía cómo se respondía a esa clase de comentarios en Australia.
En el aparcamiento, Kensington abrió el maletero de un Toyota pequeño y muy usado y metió la maleta en él.
–¿Quiere usted conducir, amigo? –le preguntó sorprendido. Harry advirtió que se había acomodado en el asiento del conductor. ¡Qué fastidio…! Había olvidado que en Australia se circulaba por la izquierda. No obstante, el asiento del copiloto estaba tan lleno de papeles, cintas y porquería que Harry se sentó detrás.
–Usted debe de ser aborigen –dijo en cuanto tomaron la autopista.
–Veo que no hay quien le engañe, agente –repuso Kensington mirando por el retrovisor.

En Noruega les llamamos negros australianos. Kensington mantenía fija la mirada en el retrovisor.

–¿En serio?
Harry empezó a sentirse incómodo.
–Esto… solo quiero decir que, obviamente, sus antepasados no pertenecieron a los reclusos que Inglaterra envió aquí hace doscientos años –explicó Harry para demostrar que poseía unos mí- nimos conocimientos de la historia del país.
–Es verdad, Holy, mis antepasados llegaron algo antes. Hace cuarenta mil años, para ser exactos. Kensington le sonrió por el retrovisor. Harry se prometió mantener la boca cerrada un buen rato.
–Entiendo. Llámeme Harry.
–De acuerdo, Harry. Yo soy Andrew.

Durante el resto del trayecto, Andrew se hizo cargo de la conversación. Condujo a Harry a King’s Cross sin parar de hablar por el camino: ese era el centro de la prostitución y del tráfico de drogas y, en general, de todas las actividades clandestinas de la ciudad. Uno de cada dos escándalos parecían guardar relación con algún hotel o antro de striptease dentro de ese kilómetro cuadrado.
–Ya hemos llegado –dijo Andrew de repente.
Se detuvo junto al bordillo, bajó del coche y sacó el equipaje de Harry del maletero.
–Hasta mañana dijo Andrew, y en un abrir y cerrar de ojos tanto él como el vehículo se esfumaron.
Con la espalda dolorida y los primeros síntomas del jet lag asomando, Harry y su maleta se encontraron solos en la acera de una ciudad cuyo número de habitantes casi equivalía a la población entera de Noruega y ante el ostentoso Crescent Hotel. Junto a la placa de la puerta había tres estrellas. El jefe de policía de Oslo no tenía fama de generoso en lo que se refería al alojamiento de sus empleados. Sin embargo, esta vez quizá no resultaría tan mal. A los funcionarios debían de hacerles descuentos, y seguramente le darían la habitación más pequeña del hotel, pensó Harry.
Y así fue.

2

Gap Park

Harry llamó con cuidado a la puerta del jefe de la brigada de investigación criminal de Surry Hills.
–¡Pase! –atronó una voz desde el interior.
Un hombre alto y ancho con una panza destinada a impresionar permanecía junto a la ventana, detrás de un escritorio de roble. Bajo una rala melena sobresalían unas cejas grises y pobladas, pero entre las arrugas que rodeaban sus ojos asomaba una sonrisa.
–Harry Hole de Oslo, Noruega, señor.

Siéntese, Holy. Tiene un aspecto cojonudo para estas horas de la mañana. Espero que no haya visitado a ningún agente de la uni- dad de estupefacientes. –Neil McCormack soltó una carcajada.

–Es el jet lag. Llevo despierto desde las cuatro de la madrugada, señor explicó Harry.
–Por supuesto. Era una broma que solemos gastar por aquí. Tuvimos un caso de corrupción muy sonado hace un par de años, ¿sabe? Condenaron a diez policías por, entre otras cosas, traficar con drogas; se las vendían los unos a los otros. Se comenzó a sospechar de un par de ellos porque estaban extrañamente despiertos… las veinticuatro horas del día. En realidad no es para tomárselo a broma. –Se rió entre dientes satisfecho mientras se colocaba las gafas y hojeaba los documentos que tenía delante–. A usted le han mandado para ayudarnos a resolver el caso del homicidio de Inger Holter, ciudadana noruega con visado de trabajo enAustralia. Una rubia guapa, a juzgar por las fotografías. Veintitrés años, ¿no?
Harry asintió con la cabeza. McCormack se puso serio.
–Fue hallada por los pescadores en Watson’s Bay, en la parte que da al océano, concretamente en Gap Park. Semidesnuda. Las marcas indicaban que antes de estrangularla la violaron, pero no había restos de semen. A continuación la trasladaron a altas horas de la noche al parque, donde arrojaron el cuerpo por el acantilado.
Hizo una mueca.
–Si las condiciones meteorológicas hubiesen sido peores, las olas seguramente la habrían arrastrado lejos. Sin embargo, el cuerpo permaneció entre las rocas hasta que fue hallado a la mañana siguiente. Como ya he mencionado, no había semen, dado que tenía la vagina seccionada como un filete de pescado y el agua del mar había lavado a esta chica a fondo. Por tanto, tampoco disponemos de huellas dactilares, aunque tenemos la hora aproximada del fallecimiento… –McCormack se quitó las gafas y se frotó el rostro–. Pero carecemos de un asesino. ¿Qué coño piensa hacer usted al respecto, señor Holy?
Harry estaba a punto de contestar cuando fue interrumpido.
–Lo que usted piensa hacer es observar con atención cómo procesamos a ese cabrón, informar a la prensa noruega sobre el excelente trabajo que llevamos a cabo juntos, asegurándose de no ofender a la embajada noruega o a la familia, y, aparte de eso, disfrutar de unas vacaciones y enviar un par de postales a su querida jefa. Por cierto, ¿cómo está?
–Muy bien, que yo sepa.
–Una mujer estupenda. Le habrá explicado lo que se espera de usted…
–Más o menos. Debo participar en la investiga…
–Estupendo. Olvídelo. Estas son las nuevas reglas. Número uno: desde este instante me hace caso a mí, y solo a mí. Número dos: no participará en nada que yo no le haya encargado. Y número tres: a la mínima que se pase de la raya le meto en el primer vuelo de vuelta a casa. Lo dijo con una sonrisa, pero el mensaje quedó claro: no debía meterse donde no le llamaran; se encontraba allí en calidad de observador. Incluso podría haberse traído el bañador y la cámara de fotos.
–Tengo entendido que, en cierta medida, Inger Holter era fa- mosa en la televisión noruega, ¿no?
–Relativamente famosa, señor. Fue presentadora de un programa juvenil que se emitió hace un par de años. En realidad antes de que sucediera esto casi había caído en el olvido.
–Sí, me han informado de que los periódicos de Noruega están armando mucho alboroto con este asesinato. Un par de ellos ya han mandado a gente aquí. Les hemos dado lo que tenemos, que no es mucho, claro. Por tanto, imagino que pronto se cansarán y regresarán a casa. No saben que usted está aquí, tenemos niñeras para que cuiden de ellos, así que no hace falta que usted se preocupe.
–Muchas gracias, señor dijo Harry de corazón.

La idea de tener pegados a los talones a unos entusiastas perio- distas noruegos no era tentadora en absoluto.
–De acuerdo, Holy, le seré sincero y le contaré cuál es la situación. Mi jefe me ha comunicado a las claras que los dirigentes de la ciudad de Sidney prefieren que este caso se resuelva con la mayor rapidez posible. Como siempre, se trata de política y pasta.
–¿Pasta?
–Bueno, se calcula que el paro en Sidney llegará a más del diez por ciento este año y la ciudad necesita cada centavo que le pro- porciona el turismo. Tenemos unas olimpiadas a la vuelta de la esquina, en 2000, y cada vez vienen más turistas de Escandinavia. Los asesinatos, especialmente los que quedan sin resolver, son una pésima publicidad para la ciudad. Así que estamos haciendo todo lo que podemos: tenemos un equipo de cuatro investigadores trabajando en el caso con acceso prioritario a los recursos de la policía: las bases de datos, el personal técnico forense, la gente de laboratorio, etcétera.

McCormack sacó una hoja y se quedó mirándola con el ceño fruncido.
–En realidad usted debería trabajar con Watkins, pero ya que pidió expresamente a Kensington, no veo ningún motivo para oponerme a su deseo.
–Señor, por lo que yo sé, no he…
–Kensington es un buen hombre. No hay muchos agentes aborígenes que hayan ascendido tanto como él.
–¿No?
McCormack se encogió de hombros.
–Es lo que hay. Bueno, Holy, si necesita algo ya sabe dónde encontrarme. ¿Alguna pregunta?
–Tan solo una formalidad, señor. Quisiera saber si es correcto en este país el tratamiento de «señor» a un superior o si resulta un pelín demasiado…
–¿Formal? ¿Rígido? Supongo que sí. Pero a mí me gusta. Me recuerda que, de hecho, yo soy el jefe de este tinglado. McCormack se rió a carcajadas y dio por concluida la reunión con un demoledor apretón de manos.
–El mes de enero es temporada alta en Australia –explicó Andrew mientras avanzaban dificultosamente entre el tráfico de los alrededores de Circular Quay–. Los turistas van a la ópera de Sidney, pasean en barco por el puerto y admiran a las chicas en Bondi Beach. Qué pena que tengas que currar.
Harry negó con la cabeza.
–Lo prefiero. De todas formas, los lugares turísticos me provocan sudores fríos.Salieron a la New South Head Road, donde el Toyota aceleró en dirección al este y Watson’s Bay.
–La zona este de Sidney no es precisamente como la de Londres –observó Andrew mientras pasaban por delante de casas a cual más elegante–. Esta zona se llama Double Bay. Nosotros la llamamos Double Pay.

–¿Es donde residía Inger Holter?
–Vivió un tiempo con su novio en Newtown, antes de que rompieran y ella se mudara a un estudio en Glebe.
–¿Su novio?
Andrew se encogió de hombros.
–Es australiano, ingeniero informático. Se conocieron hace dos años cuando ella vino aquí de vacaciones. Tiene coartada para la noche del homicidio y no me parece que encarne el prototipo del asesino. Pero nunca se sabe, ¿no?
Aparcaron debajo de Gap Park, una de las muchas zonas verdes de Sidney. Unas empinadas escaleras de piedra conducían a aquel parque barrido por el viento situado sobre Watson’s Bay al norte y el Pacífico al este. Cuando abrieron las puertas del coche, el calor les golpeó. Andrew se puso unas gafas de sol enormes que a Harry le recordaron a un conocido rey del porno. Por alguna razón, aquel día su compañero australiano llevaba un traje muy ajustado, y a Harry ese hombretón negro le pareció cómico mientras subía contoneándose delante de él por el camino que llevaba al mirador.

Harry miró alrededor. Al oeste vio el centro de la ciudad con el puente Harbour; al norte la playa y los veleros de Watson’s Bay y, más allá, el verde Manly, un suburbio ubicado en el extremo norte del estrecho. Al este el horizonte se arqueaba formando una variada gama de tonos azules. Los peñascos se precipitaban al vacío ante ellos y abajo las olas del mar terminaban su largo viaje for- mando un estrepitoso crescendo entre las rocas. Harry sintió que una gota de sudor corría entre sus omóplatos. Aquel calor le causaba escalofríos.
–Desde aquí se ve el océano Pacífico, Harry. La siguiente escala es Nueva Zelanda, que está a unas mil doscientas millas marinas de aquí –dijo Andrew, y lanzó un espeso escupitajo por el borde del acantilado. Durante un rato, los dos observaron caer el escupitajo hasta que el viento lo disolvió–. Menos mal que cuando cayó ya estaba muerta –prosiguió–. Debió de chocar con las rocas, pues cuando la encontraron había trozos de carne arrancados de su cuerpo.

–¿Cuánto tiempo llevaba muerta cuando la encontraron? Andrew torció el gesto.
–Según el médico de la policía cuarenta y ocho horas. Pero él…
Se llevó el pulgar varias veces a la boca. Harry asintió con la cabeza. El médico de la policía era un alma sedienta.
–Y usted desconfía cuando se dan números demasiado redondos…
–La encontraron un viernes por la mañana. Por tanto, digamos que murió en algún momento de la noche del miércoles.
–¿Han encontrado alguna pista aquí?
–Como ve, los coches pueden aparcar justo aquí abajo. La zona no está iluminada por la noche, cuando permanece prácticamente desértica. No tenemos informes de testigos y, francamente, tampoco creemos que vayamos a tenerlos.
–Entonces ¿qué hacemos ahora?
–Ahora haremos lo que me ha ordenado mi jefe: iremos a un restaurante y gastaremos un poco del presupuesto destinado al ocio de la policía. Después de todo, eres el máximo representante policial noruego en un radio de dos mil kilómetros… por lo menos.
Andrew y Harry estaban sentados a una mesa cubierta por un mantel blanco. La marisquería Doyle’s se hallaba ubicada en la parte interior de Watson’s Bay. Lo único que la separaba del mar era una pequeña playa.
–Ridículamente bonito, ¿verdad? –dijo Andrew.
–Como una postal.
Ante ellos, un niño y una niña construían un castillo de arena en la playa contra un fondo de mar azul intenso, unos frondosos cerros verdes y la espléndida silueta de Sidney a lo lejos. Harry se decidió por unas vieiras y una trucha tasmana, y Andrew por un lenguado australiano del que Harry, lógicamente, jamás había oído hablar. Andrew pidió una botella de Chardonnay Rosemount, «totalmente inapropiado para acompañar esta comida, pero es blanco, está rico y se ajusta al presupuesto». Pareció ligeramente sorprendido cuando Harry le explicó que no bebía alcohol.
–¿Eres cuáquero?
–En absoluto –dijo Harry.
Doyle’s era un antiguo restaurante familiar y tenía fama de ser uno de los mejores de Sidney, según le contó Andrew. Era temporada alta y el restaurante estaba a los topes. Harry supuso que por esa razón costaba tanto llamar la atención de los empleados.
–Aquí los camareros son como el planeta Plutón –dijo Andrew–. Orbitan en la periferia, aparecen solo cada veinte años e incluso entonces es imposible distinguirlos a simple vista. Esas palabras no consiguieron enfurecer a Harry, que se reclinó en la silla con un suspiro de satisfacción.
–Pero se come muy bien –observó–. Lo que justifica el traje.
–Hasta cierto punto. Como ves este restaurante tampoco es muy formal. Pero para mí es mejor no ir con vaqueros y camiseta a lugares como este. He de hacer un esfuerzo debido a mi aspecto.
–¿A qué te refieres?
–Los aborígenes no tenemos mucho prestigio en este país, como ya te habrás percatado. Hace años los ingleses corrieron la voz de que los nativos tenían cierta debilidad por el alcohol y el robo. Harry le escuchaba con atención.
–Según ellos era una cuestión genética. «Solo sirven para hacer música infernal soplando a través de unos largos trozos de madera huecos que denominan didgeridoo», escribió uno de ellos. Bueno, este país presume de haber conseguido integrar varias culturas en una sociedad cohesionada. Pero ¿cohesionada para quién? El problema, o la ventaja, según se mire, es que los nativos ya no son visibles.
»Los aborígenes están prácticamente ausentes de la vida pública en Australia, excepto del debate político que afecta a los intereses y la cultura indígenas. Los australianos se redimen colocando arte aborigen en las paredes de sus hogares. Por otro lado, los aborígenes están muy bien representados en las colas del paro, en las estadísticas sobre el suicidio y en las cárceles. Si eres aborigen, la posibilidad de acabar en prisión es veintiséis veces mayor que para cualquier otro australiano. Piénsalo, Harry Holy.

Andrew terminó el vino mientras Harry lo pensaba. Y también pensó que probablemente acababa de comerse el mejor plato de pescado de sus treinta y dos años de vida.
–Y, sin embargo, Australia no es un país más racista que cualquier otro. Somos una nación multicultural, aquí vive gente de todas las partes del mundo. Lo que significa que cuando uno va a un restaurante merece la pena llevar traje. Harry volvió a asentir con la cabeza. No había más que decir sobre el asunto.
–Inger Holter trabajaba en un bar, ¿no?
–Pues sí. En el Albury, en Oxford Street, Paddington. Había pensado que podíamos pasarnos por allí esta noche.
–¿Por qué no vamos ahora mismo?
Harry empezaba a impacientarse con tanta pachorra.

–Porque primero vamos a saludar al casero de la chica. Plutón apareció sin previo aviso en el cielo estrellado.

3

Un demonio de Tasmania

Glebe Point Road resultó ser una calle agradable, aunque no muy concurrida, donde abundaban los restaurantes pequeños y sencillos, en su mayoría de cocina étnica procedente de diferentes partes del mundo.
–Este era el barrio bohemio de Sidney –contó Andrew–. Yo vivía aquí cuando era estudiante en los años setenta. Todavía encuentras los típicos restaurantes vegetarianos para gente obsesionada con el medio ambiente y el estilo de vida alternativo, librerías para bolleras y cosas así. Sin embargo, han desaparecido los viejos hippies y los drogatas. Cuando Glebe se puso de moda, subieron los alquileres, y dudo que ahora pudiera vivir aquí, ni siquiera con mi sueldo de policía.
Giraron a la derecha, por Hereford Street, y cruzaron la verja del número 54. Un animalito negro y peludo se acercó a ellos gruñendo y mostrando una fila de dientes finos y afilados. El pequeño monstruo parecía muy cabreado y se asemejaba mucho al demonio de Tasmania del folleto turístico. En este se leía que era un animal muy agresivo y que, en general, resultaba incómodo tenerlo colgando de la garganta. La especie estaba prácticamente extinguida, algo que Harry esperaba que fuera cierto. En el momento en que ese espécimen se disponía a saltar sobre él con las fauces bien abiertas, Andrew levantó la pierna y le dio una patada al animal, que salió disparado hacia los arbustos que crecían junto a la valla gañendo ruidosamente.

Mientras subían por la escalera, un hombre barrigón, que parecía recién levantado, les lanzó una mirada avinagrada desde la puerta.
–¿Qué le ha pasado al perro?
–Está admirando los rosales –informó Andrew con una sonrisa–. Somos de la policía, de la unidad de homicidios. ¿El señor Robertson?
–Sí, sí. ¿Qué quieren esta vez? Ya les dije que les había dicho todo lo que sé.
–Y ahora nos ha dicho que nos dijo que ya nos había dicho…
–Se hizo un largo silencio durante el cual Andrew continuó sonriendo y Harry cambió el peso de pierna–. Mis disculpas, señor Robertson, no pretendemos cautivarle con nuestros encantos, pero este es el hermano de Inger Holter y le gustaría ver su cuarto, si no es mucha molestia.
La actitud de Robertson cambió radicalmente.
–Lo siento, yo no sabía… ¡Pasen! –Abrió la puerta y empezó a subir las escaleras delante de ellos–. Bueno. De hecho yo ni siquiera sabía que Inger tenía un hermano. Pero ahora que lo dice, veo el parecido familiar. Detrás de él, Harry se volvió hacia Andrew y puso los ojos en blanco.
–Inger era una chica maravillosa, una inquilina ejemplar, y, de hecho, un motivo de orgullo para la casa… y probablemente incluso para toda la vecindad. Olía a cerveza y ya arrastraba un poco las palabras. No habían intentado recoger el cuarto de Inger. Se veían prendas de ropa, revistas, ceniceros llenos de colillas y botellas de vino vacías por todas partes.
–Esto… la policía me pidió que de momento no tocara nada.
–Nos hacemos cargo.
–Una noche no volvió a casa. Así de simple. Como si se la hubiera tragado la tierra.

–Gracias, señor Robertson, ya hemos leído su testimonio.
–Le dije que no fuera por Bridge Road y el mercado de pescado cuando volvía por las noches. Está oscuro, y hay muchos negros y chinos. –Le lanzó una mirada horrorizada a Andrew Kensington–: Lo siento, no era mi intención…
–Está bien. Se puede ir, señor Robertson.
Robertson bajó lentamente por las escaleras y a continuación les llegó un tintineo de botellas de la cocina.
La habitación tenía una cama, algunas librerías y un escritorio. Harry miró a su alrededor e intentó hacerse una idea sobre Inger Holter. Victimología: el arte de ponerse en la situación de la víctima. Apenas recordaba a aquella chica picaruela de la televisión, con su bienintencionado compromiso juvenil y su mirada azul e inocente.
Sin duda, no era una mujer casera. No había cuadros en las paredes, tan solo un cartel de Braveheart, de Mel Gibson, que Harry solo recordaba porque por algún motivo incomprensible se había llevado el Oscar a la mejor película. Inger tenía mal gusto, pensó, al menos en cuanto a películas. Y en cuanto a hombres. Harry estaba entre los que se sintieron personalmente traicionados cuando Mad Max se convirtió en estrella de Hollywood.
Una fotografía mostraba a Inger sentada en un banco delante de unas casas de colores estilo occidental y con una panda de jóvenes barbudos y de pelo largo. Ella llevaba un amplio vestido morado. El rubio y lacio cabello le caía a ambos lados de su rostro serio y pálido. El joven al que cogía de la mano tenía un bebé en el regazo.
En la estantería había un paquete de tabaco de liar, algunos libros sobre astrología y una máscara de madera tallada rudamente cuya larga nariz se curvaba hacia abajo como un pico. Harry giró la máscara. «Made in Papua New Guinea», ponía en la etiqueta del precio.
Las prendas que no estaban sobre la cama o el suelo se encontraban en un pequeño guardarropa. No había muchas. Unas cuantas camisas de algodón, un abrigo desgastado y un enorme sombrero de paja encima del estante.

Andrew sacó un paquete de papel de fumar del cajón del escritorio.
–King Size Smoking Slim. Se liaba unos cigarrillos bastante grandes.
–¿Encontrasteis drogas? –preguntó Harry.
Andrew negó con la cabeza y apuntó al papel de fumar.
–Pero si hubiéramos aspirado los ceniceros, imagino que hubiéramos encontrado restos de hachís.
–¿Y por qué no se hizo? ¿No ha pasado por aquí la unidad de atestados?
–Para empezar, no tenemos ningún motivo que nos haga pensar que esta es la escena del crimen. Por otro lado, el consumo de marihuana no es inusual. Aquí en Nueva Gales del Sur tenemos una actitud mucho más pragmática en relación con la marihuana que los demás estados federales de Australia. No es que descarte que el homicidio pueda estar relacionado con las drogas, pero en este contexto algún porro que otro es irrelevante. No podemos saber a ciencia cierta si ella consumía otras sustancias. En el Albury circula un poco de coca y algunas drogas de diseño, pero las personas a las que preguntamos no mencionaron nada al respecto y tampoco se encontraron rastros de droga en los análisis de sangre. De todos modos, no consumía drogas duras. El cuerpo no mostraba ninguna marca de aguja y tenemos bastante controlados a los drogadictos más recalcitrantes.
Harry le miró. Andrew carraspeó.
–Al menos esa es la versión oficial. Por cierto, aquí tengo una cosa con la que se supone que usted podría ayudarnos.
Era una carta en noruego. Comenzaba diciendo «Quer ida Elisabeth» y era evidente que no había sido finalizada. Harry la leyó por encima.

Sí, estoy bien, y lo que es aún más importante: ¡estoy enamorada! Por supuesto es guapo como un dios griego; tiene el cabello castaño, largo y rizado, un culito respingón y una mirada que te dice lo que ya te ha susurrado al oído: que te quiere poseer ya, en este mismo instante, detrás de la esquina más cercana, en el baño, en la mesa, donde sea. Se llama Evans, tiene treinta y dos años y (sorpresa, sorpresa) ha estado casado y tiene un hijo precioso de un año y medio que se llama Tom-Tom. Actualmente no tiene trabajo, pero hace algunas cosas por su cuenta.

De acuerdo, ya sé que hueles problemas y te prometo no dejar- me hundir. Al menos no de momento.

Eso es todo sobre Evans. Sigo trabajando en el A lbury. «Mr. Bean» ha dejado de invitarme a salir desde que Evans se pasó por el bar una noche, y eso al menos es un progreso. Sin embargo, me sigue dirigiendo esa mirada babosa. ¡Qué ascoooo! La verdad es que estoy empezando a cansarme de este trabajo, pero he de aguantar hasta que me renueven el permiso de residencia. He hablado con la NRK y están preparando una nueva temporada de la serie para el próximo otoño y si quiero podré reincorporarme. ¡Decisiones, decisiones!

Así acababa la carta.

4

Un payaso

–¿Ahora adónde vamos? –preguntó Harry.
–¡Al circo! Prometí a un amigo que me pasaría un día de estos. Hoy es un día de estos, ¿verdad?
En el Powerhouse, una pequeña compañía circense había iniciado el espectáculo gratuito de la tarde ante un público poco numeroso, pero joven y entusiasta. Andrew explicó que el edificio había sido una central eléctrica y una cochera de tranvías en la época en que Sidney tenía tranvías. Ahora funcionaba como una especie de museo contemporáneo. Un par de chicas robustas acababa de concluir un número de trapecio no muy espectacular que, sin embargo, había cosechado grandes y benévolos aplausos.
Trajeron una enorme guillotina sobre ruedas al mismo tiempo que un payaso hacía su aparición en el escenario. Llevaba un traje colorido y un gorro a rayas claramente inspirado en la Revolución francesa. Se tropezaba y hacía las payasadas habituales para regocijo de los niños. A continuación entró otro payaso con una peluca blanca y larga. Harry comprendió que representaba a Luis XVI.
–Condenado a muerte por unanimidad –proclamó el payaso del gorro a rayas.

Acto seguido, el condenado fue llevado al patíbulo, donde, para regocijo de los niños y tras mucho griterío, colocó la cabeza bajo la cuchilla. Se oyó un breve redoble de tambor, la cuchilla cayó y, para sorpresa de todos, Harry incluido, segó la cabeza del monarca produciendo un sonido que recordaba un hachazo en el bosque una luminosa mañana de invierno. La cabeza, todavía con la peluca puesta, rebotó y entró rodando en una cesta. La luz se apagó y, cuando volvió a encenderse, el rey decapitado se hallaba bajo los focos con la cabeza bajo el brazo. Los aplausos de los niños no acababan nunca. La luz volvió a apagarse y, tras encenderse por segunda vez, los miembros de la troupe hicieron una reverencia al público. El espectáculo había terminado.
Mientras la gente se dirigía a la salida, Andrew y Harry fueron a la parte posterior del escenario. En un camerino provisional los artistas se estaban quitando los disfraces y el maquillaje.
–Otto, te presento a un amigo de Noruega –gritó Andrew. Un rostro se volvió. Luis XVI parecía algo menos majestuoso sin peluca y con el maquillaje embadurnado por toda la cara.
–¡Vaya, hola, pero si es Tuka el indio!
–Harry, este es Otto Rechtnagel.
Otto alargó la mano con mucha elegancia y curvando debida- mente su muñeca. Pareció indignarse cuando Harry, algo confuso, se limitó a apretarla levemente.

¿No hay beso, guapito?

Otto se cree que es una mujer. Una mujer de alta alcurnia –explicó Andrew.
–Bobadas, Tuka. Otto sabe muy bien que es un hombre. Usted parece confuso, guapo. ¿Tal vez quiera comprobarlo por sí mismo?
Otto soltó una risita aguda.
Harry sintió que le ardían las orejas. Un par de pestañas falsas se agitaron de modo acusador en dirección a Andrew.
–¿Tu amigo sabe hablar?
–Perdón. Me llamo Harry… eh… Holy. Me ha gustado mucho el espectáculo. Maravilloso vestuario. Muy… vivo. E inusual.

–¿Te refieres al número de Luis XVI? ¿Inusual? Al contrario, es un clásico. Fue representado por primera vez por la familia de payasos Jandaschewsky tan solo dos semanas después de la auténtica ejecución, en enero de 1793. Al público le encantó. A la gente siempre le han entusiasmado las decapitaciones públicas. ¿Sabes cuántas veces emiten el asesinato de Kennedy en la televisión americana todos los años?
Harry negó con la cabeza.
Otto alzó la vista al techo, pensativo.
–Bastantes.
–Otto se considera heredero del gran Jandy Jandaschewsky
–explicó Andrew.
–¿Ah, sí?
Las familias de payasos no eran la especialidad de Harry.
–No creo que tu amigo sepa de lo que hablas, Tuka. La familia Jandaschewsky fue una troupe de payasos musicales itinerante que llegó a Australia a principios del siglo veinte y se quedó. Su circo duró hasta la muerte de Jandy en 1971. La primera vez que vi a Jandy yo tenía seis años. Desde entonces siempre supe lo que quería ser. Y ya lo soy. A través del maquillaje, Otto esbozó una sonrisa triste de payaso.
–¿Cómo os conocisteis vosotros dos? –preguntó Harry. Andrew y Otto intercambiaron una mirada. Harry vio que les temblaban los labios y comprendió que había metido la pata.
–Quiero decir… un policía y un payaso… No es algo muy…
–Es una larga historia –dijo Andrew–. Supongo que puede decirse que crecimos juntos. Sin duda, Otto habría vendido a su madre por conseguir un trozo de mi culo, pero yo desde muy pequeño sentí atracción por las chicas y los espantosos rollos heterosexuales. Debe de tener alguna relación con los genes y el entorno.
¿Tú qué opinas, Otto?
Andrew soltó una risita y esquivó el abanico con el que Otto trataba de pegarle.
–¡No tienes ni estilo ni dinero… y tu culo tampoco es para tanto! –gritó Otto.

Harry miró a los demás miembros del grupo, que no se habían inmutado por el incidente. Una de las fornidas trapecistas le dirigió un guiño de ánimo.
–Harry y yo vamos a tomar algo en el Albury esta noche. ¿Te apuntas?
–Tuka, sabes que ya no voy allí –dijo Otto malhumorado.
–Deberías haber olvidado aquello a estas alturas, Otto. La vida sigue, ya sabes.
–La vida de todo el mundo sigue, querrás decir. La mía se detiene aquí, justo aquí. Cuando muere el amor, yo muero.
–Como quieras.
–Además, tengo que volver a casa a darle de comer a Waldorf. Id vosotros y tal vez me anime más tarde.
–Nos vemos pronto –dijo Harry posando sus labios diligentemente sobre la extendida mano de Otto.
–Lo estoy deseando, guapo Harry.

5

Una sueca

El sol se había puesto cuando subieron por Oxford Street, en Paddington, y aparcaron el coche junto a un pequeño parque. «Green Park», rezaba el letrero, pero la hierba estaba agostada y amarilla, y lo único verde era una glorieta en medio del parque. Un hombre con sangre aborigen en sus venas yacía sobre la hierba entre los árboles. Su ropa era tan andrajosa y él estaba tan sucio que parecía más gris que negro. Cuando vio a Andrew alzó la mano a modo de saludo, pero Andrew le ignoró.
En el Albury había tanta gente que para cruzar las puertas de cristal tuvieron que abrirse paso a empujones. Harry se quedó unos segundos observando el espectáculo que se abría ante él. La clientela era una mezcla variopinta, en su mayoría hombres jóvenes: roqueros con tejanos desgastados, yuppies trajeados y engominados, «artistas» con perilla y copas de champán, surfistas rubios y guapos de radiante sonrisa y moteros –o bikies, como los llamaba Andrew– con cazadoras de cuero negro. En medio del local, junto a la barra, unas mujeres semidesnudas de piernas largas que llevaban unas camisetas moradas y muy escotadas ofrecían un espectáculo a los clientes. Se contoneaban de un lado para otro mientras fingían cantar «I Will Survive» de Gloria Gaynor moviendo sus bocas rojas y carnosas. Las chicas se iban turnando, y cuando no actuaban en el show servían a los clientes mientras les guiñaban el ojo y flirteaban sin tapujos.
Harry se abrió camino a codazos hacia la barra para pedir una copa.
–Enseguida estoy contigo, rubito dijo con voz grave y sonrisa pícara la camarera que llevaba un casco de romano.
–Dime: ¿tú y yo somos los únicos heterosexuales de la ciudad?
–preguntó Harry cuando volvió con una cerveza y un vaso de zumo.
–Después de San Francisco, Sidney es la ciudad con la mayor concentración de gays del mundo –explicó Andrew–. Las zonas rurales de Australia no se caracterizan precisamente por su tolerancia con la diversidad sexual, por lo que no es extraño que los jóvenes maricones campesinos de Australia quieran venir a Sidney. Por cierto, no solo vienen de Australia, sino que todos los días llegan a la ciudad gays de todo el mundo.
Se desplazaron a otra barra situada en la parte trasera del local, donde Andrew llamó a una chica apostada tras la barra. Ella estaba de espaldas y tenía el pelo más rojo que Harry había visto en su vida. Le llegaba hasta los bolsillos traseros de los prietos vaqueros azules, si bien no ocultaba el arco de la espalda y las armónicas y redondeadas caderas. Se dio la vuelta y al sonreír dejó ver una dentadura blanquísima; tenía un rostro fino y hermoso, los ojos azul intenso e innumerables pecas. Si no era una mujer sería un desperdicio, pensó Harry.
–¿Me recuerdas? –gritó Andrew a través del estruendo de la música disco de los setenta–. Estuve aquí preguntando por Inger.
¿Podemos hablar?
La pelirroja se puso seria. Asintió con la cabeza, avisó a las otras chicas y señaló el camino a un cuarto de fumadores que había detrás de la cocina.
–¿Alguna novedad? –preguntó.
Harry no necesitó nada más para constatar que probablemente hablase mejor el sueco que el inglés.
–Una vez conocí a un anciano… –dijo Harry en noruego. Ella le miró sorprendida–. Era capitán de un barco en el Amazonas.

Después de decir tres palabras en portugués, me di cuenta de que era sueco. Llevaba treinta años allí. Y yo no sé una palabra de portugués.
Al principio, la pelirroja pareció perpleja, pero enseguida comenzó a reírse. Una risa cristalina y alegre que le hizo a Harry pensar en un raro pájaro del bosque.
–¿De veras es tan evidente? –preguntó la joven en sueco; tenía una voz profunda y tranquila, con una erre fuerte y vibrante.
–La entonación –dijo Harry–. Jamás perdéis la entonación.
–¿Os conocéis?
Andrew les escrutó con desconfianza. Harry miró a la pelirroja.
–No dijo ella.
Es una pena, pensó Harry en su fuero interno.La pelirroja se llamaba Birgitta Enquist. Llevaba cuatro años en Australia, y uno en el Albury.
–Como es lógico hablábamos en el trabajo, pero en realidad no tenía mucho contacto con Inger. Por lo general, se mantenía al margen. Solemos salir en grupo, y ella se apuntó alguna vez, pero la conocía poco. Cuando empezó a trabajar aquí acababa de romper con un tipo de Newtown. El detalle más íntimo que conozco sobre ella es que aquella relación se volvió demasiado intensa a la larga. Supongo que necesitaba empezar de nuevo.
–¿Sabes con quién se juntaba? –le preguntó Andrew.
–En realidad no. Como ya he dicho, hablábamos un poco, pero ella nunca me informó con pelos y señales sobre su vida. Tampoco yo se lo pedí. En octubre se fue al norte, a Queensland, y allí se supone que conoció a un grupo de gente de Sidney con los que después mantuvo el contacto. Creo que conoció a un tipo allí; él vino por aquí una noche. Pero todo esto ya te lo he contado, ¿no?–concluyó con gesto interrogativo.
–Lo sé, mi querida señorita Enquist, solo quería que mi compañero noruego lo oyera en vivo y en directo al tiempo que visita el lugar donde trabajó Inger. Harry Hole es considerado el mejor investigador de Noruega y puede fijarse en detalles que la policía de Sidney haya pasado por alto.
A Harry le dio un repentino ataque de tos.
–¿Quién es Mr. Bean? –preguntó con voz tímida y extraña.
–¿Mr. Bean? –Birgitta les miró con desconcierto.
–Sí, uno que se parece al humorista inglés, esto… Rowan Atkinson, ¿no se llama así?
–¡Ah! ¡Ese! –dijo Birgitta soltando su risa de pájaro del bosque. Me gusta tu risa, pensó Harry.
–Es Alex, el encargado del bar. Llegará más tarde.
–¿Tenemos motivos para pensar que estuviera interesado en Inger?
–Sí, a Alex le gustaba Inger. Y no solo Inger: la mayoría de las chicas del bar han sufrido en algún momento los desesperados esfuerzos por conquistarlas de Mr. Bean. O Fiddler Ray «raya violinista», como lo llamamos las demás. Fue a Inger a quien se le ocurrió lo de Mr. Bean. El pobre no está muy allá. Tiene más de treinta años, sigue viviendo en casa de su madre y no parece ir hacia ninguna parte. Pero como jefe está bien. Y es completamente inofensivo, si eso es lo que insinuáis.
–¿Y cómo lo sabes?
Birgitta se tocó la nariz con el índice.
–No lo parece.
Harry fingía estar tomando notas en un cuaderno.
–¿Sabes si ella conocía o se topó con alguien que, eh… lo pareciera?
–Bueno, por aquí pasan tíos de todo tipo. No todos son gays y más de uno se fijó en Inger, dado que es muy guapa. Era. Sin embargo, no se me ocurre nadie en particular. Había…
–¿Sí?
–No, nada.
–He leído en el informe que Inger estuvo trabajando aquí la noche en que supuestamente fue asesinada. ¿Sabes si tenía alguna cita después del trabajo o si se fue directamente a casa?

–Se llevó algunos restos de comida de la cocina; dijo que era para el chucho. Yo sabía que no tenía perro y le pregunté adónde iba. Me dijo que se iba a casa. Es todo lo que sé.
–El demonio de Tasmania –murmuró Harry. Ella le dirigió una mirada de curiosidad–. Su casero tiene un perro –añadió–. Seguramente tenía que sobornarlo para poder entrar en casa.
Harry le agradeció a la joven haber hablado con ellos. En cuanto se disponían a marcharse, Birgitta dijo:
–Todos en el Albury estamos muy inquietos por lo sucedido.
¿Cómo se lo han tomado sus padres?
–Me temo que no lo están llevando muy bien –dijo Harry–. Los dos están en estado de shock. Y se culpan por haberla dejado venir aquí. Puedo conseguir la dirección de Oslo si queréis mandar flores para el entierro.
–Muchas gracias, te lo agradecería.
Harry quería hacerle una pregunta más, pero no encontró el momento en mitad de aquella conversación sobre la muerte y el entierro. Al salir, la sonrisa de despedida de la chica brillaba en su retina. Él sabía que iba a permanecer allí una buena temporada.
–¡ Joder! –murmuró para sí–. Voy o no voy.
Dentro del local todos los travestis y un gran número de clientes se habían subido a la barra imitando a Katrina & The Waves. Desde los altavoces sonaba con gran estruendo «Walking on Sun- shine».
–En un lugar como el Albury no hay mucho tiempo para el pesar y la reflexión –dijo Andrew.
–Supongo que así ha de ser –dijo Harry–. La vida sigue.
Pidió a Andrew que esperara un momento. Volvió a la barra e hizo un gesto para llamar la atención de Birgitta.
–Perdona, una última pregunta.
–¿Sí?
Harry inspiró profundamente. Ya estaba arrepentido, pero era tarde.
–¿Conoces un buen restaurante tailandés en esta ciudad? Birgitta se quedó pensando.

–Bueno, hay uno en Bent Street, en el centro. ¿Sabes dónde es? Dicen que es muy bueno.
–¿Tan bueno que me acompañarías?
Aquello no sonó nada bien, pensó Harry. Además, era poco profesional. Nada profesional, en realidad. Birgitta soltó un suspiro de desesperación, pero no tan intenso como para que Harry no pensara que al menos tenía una posibilidad. Además, ella seguía esbozando su sonrisa.
–¿Emplea esa frase a menudo, agente?
–Muy a menudo.
–¿Y le funciona?
–Desde un punto de vista estadístico, no mucho.
Ella sonrió, ladeó la cabeza y observó a Harry con curiosidad. A continuación se encogió de hombros.
–¿Y por qué no? Yo libro el miércoles. A las nueve. Y tú invitas.

6

Un obispo

Harry puso la luz azul sobre el techo del automóvil y se sentó al volante. Cuando tomaba las curvas el viento sacudía con fuerza el coche. La voz de Stiansen. Después silencio. Un poste doblado. Una habitación de hospital, flores. Una fotografía en el pasillo, desvaneciéndose.
Harry se incorporó de golpe. Otra vez el mismo sueño. Solo eran las cuatro de la madrugada. Intentó volver a dormirse, pero sus pensamientos volvían al desconocido asesino de Inger Holter.
A las seis se dijo que era hora de levantarse. Después de una ducha tonificadora, salió en busca de un bar donde desayunar; en el cielo azul pálido asomaba un sol que no calentaba nada. Le llegaba un zumbido del centro de la ciudad, si bien la hora punta de la mañana todavía no había alcanzado las lámparas rojas y los ojos con rímel. King’s Cross tenía cierto encanto descuidado, una belleza acogedora que le invitaba a canturrear mientras caminaba. Excepto unos noctámbulos tardíos que se tambaleaban levemente, una pareja durmiendo bajo una manta en unas escaleras y una puta pálida y desabrigada que hacía su turno de mañana, las calles estaban vacías de momento.
En el exterior de un restaurante con terraza, el propietario regaba la acera con una manguera; Harry le sonrió y consiguió que le sirviera un desayuno improvisado. Mientras comía su tostada con beicon, una brisa burlona trataba de llevarse su servilleta.

–¡Vaya madrugador que está usted hecho, Holy! –dijo McCormack–. Me parece fenomenal: el cerebro funciona mejor entre las seis y media y las once. En mi opinión, después solo se piensan bobadas. Además, por aquí todo está tranquilo por la mañana. Con el ruido que hay después de las nueve, yo apenas soy capaz de sumar dos más dos. ¿Y usted? Mi hijo asegura que necesita poner música cuando hace los deberes. Según él, el silencio le distrae.
¿Usted lo entiende?
–Eh…
–En fin, ayer me harté y le apagué la puñetera música. «¡La necesito para pensar!», gritó el muchacho. Le dije que se pusiera a estudiar como las personas normales. «No todo el mundo es igual, papá», dijo con un cabreo impresionante. Está en la edad del pavo, ya sabe.
McCormack se detuvo y miró una fotografía que había sobre el escritorio.
–¿Usted tiene hijos, Holy? ¿No? A veces me pregunto qué diablos he hecho. Por cierto, ¿en qué pocilga le han alojado?
–El Crescent de King’s Cross, señor.
–King’s Cross, vaya. Usted no es el primer noruego que se aloja allí. Hace un par de años recibimos una visita oficial del obispo de Noruega o algo por el estilo… no recuerdo cómo se llamaba. En cualquier caso, sus empleados de Oslo le habían reservado una habitación en el hotel King’s Cross. Quizá el nombre del hotel tenía algún significado bíblico. Cuando el obispo y su séquito llegaron al hotel por la noche, una de las putas veteranas se fijó en el alzacuellos y le hizo unas cuantas proposiciones picantes. Me parece que el obispo abandonó el hotel antes de que les diera tiempo a subir las maletas…
A McCormack se le saltaban las lágrimas de la risa.
–Bueno, bueno, Holy. ¿Qué podemos hacer por usted hoy?
–Me preguntaba si podía ver el cuerpo de Inger Holter antes de que lo trasladen a Noruega, señor.

Kensington puede llevarle al depósito de cadáveres cuando llegue. Pero le han dado una copia del informe forense, ¿no?

–Sí, claro, señor. Yo solo…
–¿Usted solo qué?
–Pienso mejor cuando tengo el cadáver delante, señor. McCormack se giró hacia la ventana y murmuró algo que a Harry le hizo pensar que estaba de acuerdo.
La temperatura del sótano de la South Sydney Morgue era de ocho grados, lo cual contrastaba con los veintiocho grados que hacía en la calle.
–¿Has sacado algo en claro? –preguntó Andrew. Estaba tiritando y se arrebujó en la chaqueta.
–No –dijo Harry mirando los restos mortales de Inger Holter.

El rostro había salido relativamente bien librado de la caída. Se había desgarrado una fosa nasal y tenía un boquete en uno de los pómulos, pero no cabía duda de que esa cara cerúlea pertenecía a la misma chica de amplia sonrisa de la fotografía incluida en el informe policial. Alrededor del cuello había diversos moratones. El resto del cuerpo estaba cubierto de cardenales, heridas y algunos cortes muy profundos. Uno de ellos dejaba al descubierto un hueso blanquecino.
–Los padres querían ver las fotografías. El embajador noruego lo desaconsejó, pero el abogado insistió. Una madre no debería ver a su hija así. –Andrew sacudió la cabeza.
Harry examinó los moratones del cuello con una lente de aumento.
–La persona que la estranguló solo usó las manos. Es difícil matar a una persona así. El asesino debe de ser muy fuerte o debía de tener una motivación muy potente.
–O haberlo hecho otras veces. Harry miró a Andrew.
–¿A qué te refieres?
–El cadáver no tiene restos de piel debajo de las uñas, ni pelos del asesino en la ropa, ni marcas de golpes en los nudillos. Fue asesinada con tanta rapidez y eficacia que ni siquiera tuvo tiempo o posibilidad de ofrecer resistencia.
–¿Te recuerda a algo que hayáis visto antes? Andrew se encogió de hombros.
–Si llevas tiempo trabajando aquí, todos los asesinatos te recuerdan algo que has visto anteriormente.
No, pensó Harry. Es todo lo contrario. Si llevas mucho tiempo trabajando, aprendes a observar las sutilezas de cada asesinato, los detalles que lo diferencian de otros y que lo hacen único.
Andrew miró el reloj.
–La reunión matutina comenzará dentro de media hora. Debemos darnos prisa.
El jefe del grupo de investigación era Larry Watkins, un detective con formación en derecho que estaba experimentando un rápido ascenso en la jerarquía policial. Tenía labios finos, cabello escaso y hablaba con rapidez y eficacia sin entonación ni adjetivos innecesarios.
–Tampoco tiene habilidades sociales –añadió Andrew con franqueza–. Es un investigador muy competente, pero no es la persona a quien pides que llame a los padres de una hija que han encontrado muerta. Además, cuando se estresa le da por soltar tacos–añadió.
La mano derecha de Watkins era Sergej Lebie, un yugoslavo calvo y con una perilla negra que siempre iba bien vestido; parecía un Mefisto trajeado. Andrew afirmó que, por lo general, desconfiaba de los hombres demasiado preocupados por su aspecto.
–Pero Lebie no es un pavo real, simplemente es muy meticuloso. Entre otras cosas, tiene la costumbre de examinarse las uñas cuando alguien le habla, pero no lo hace con la intención de parecer arrogante. Y, después del almuerzo, se abrillanta los zapatos. No esperes que hable mucho, ni sobre él mismo ni sobre algún otro tema.
El más joven del equipo era Yong Sue, un tipo bajito, flaco y agradable, con una permanente sonrisa sobre su fino cuello de pájaro. La familia de Yong Sue había llegado a Australia hacía treinta años procedente de China. Diez años atrás, cuando Sue tenía diecinueve, sus padres fueron a China de visita. Jamás volvieron. El abuelo sostenía que su hijo había estado involucrado en «algo político», pero no decía nada más. El joven Sue jamás descubrió qué había pasado. En la actualidad mantenía a sus abuelos y a dos hermanos menores, y sus jornadas laborales duraban doce horas de las cuales sonreía al menos diez. «Si tienes un chiste malo, cuéntaselo a Sue. Se ríe absolutamente de todo», le dijo Andrew. En ese momento, todos estaban reunidos en una habitación minúscula y estrecha donde un ventilador quejumbroso situado en una esquina supuestamente movía un poco el aire. Watkins se colocó junto a la pizarra y presentó a Harry a los demás.
–Nuestro compañero noruego ha traducido la carta que encontramos en el piso de Inger. ¿Tiene algo interesante que decirnos al respecto, Hole?
–Hooli.
–Perdón, Holy.

Bueno, al parecer Inger había iniciado una relación con un tal Evans hacía poco. Según lo que pone en la carta, tenemos motivos para suponer que el hombre a quien coge de la mano en la foto- grafía que hay sobre el escritorio es él.

–Lo hemos comprobado –dijo Lebie–. Creemos que se trata de un tal Evans White.
–¿Ah, sí? –Watkins elevó una de sus finas cejas.
–No sabemos gran cosa sobre él. Sus padres vinieron desde Estados Unidos a finales de los años sesenta y obtuvieron permiso de residencia. Entonces no era un problema –aclaró Lebie–. En fin, el caso es que recorrieron el país en una furgoneta Volkswagen, y probablemente seguían la dieta a base de comida vegetariana, ma- rihuana y LSD habitual de la época. Tuvieron un hijo, se divorciaron y, cuando Evans cumplió dieciocho años, su padre regresó a Estados Unidos. Su madre está metida en temas de sanación, cienciología y toda clase de misticismo espiritual. Tiene un negocio llamado Crystal Castle en un rancho cerca de Byron Bay. Allí vende piedras con karma y trastos importados de Tailandia a turistas y almas inquietas. Cuando Evans cumplió dieciocho años decidió hacer lo mismo que una parte cada vez mayor de la juventud australiana –dijo Lebie volviéndose hacia Harry–: nada.
Andrew se inclinó hacia él y murmuró en voz baja:
–Australia es el lugar perfecto para todos aquellos que deseen viajar, hacer surf y disfrutar de la vida a expensas de los contribuyentes. Poseemos una red social y un clima excelentes. Vivimos en un país maravilloso.
Volvió a reclinarse en su asiento.
–Actualmente no tiene ningún domicilio conocido –continuó Lebie–, pero creemos que hasta hace poco residía en una barraca a las afueras de la ciudad junto a la basura blanca de Sidney. Hemos hablado con algunos vecinos que sostienen que no lo han visto desde hace algún tiempo. Jamás ha sido detenido. Así que, lamentablemente, la única fotografía que tenemos de Evans es de cuando se sacó su primer pasaporte a los trece años.
–Estoy impresionado –dijo Harry con sinceridad–. ¿Cómo habéis logrado encontrar en tan poco tiempo a un tipo sin antecedentes a partir de una fotografía y un nombre de pila entre una población de dieciocho millones de habitantes?
Lebie señaló a Andrew con un gesto de la cabeza.
–Andrew reconoció el pueblo de la foto. Enviamos por fax una copia de la foto a la comisaría local y ellos nos proporcionaron el nombre. Dicen que es todo un personaje en el entorno local. Lo que significa que es uno de los reyes de la marihuana.
–Debe de ser una ciudad muy pequeña –dijo Harry.
–Es Nimbin. Tiene unos mil habitantes –intervino Andrew–. Prácticamente vivían de los productos lácteos hasta que en 1973 la Asociación Nacional de Estudiantes de Australia decidió organizar allí lo que dieron en llamar el Festival Aquarius.
En torno a la mesa surgieron unas risitas.
–En principio, el festival trataba sobre el idealismo, el estilo de vida alternativo, la vuelta a la naturaleza y todas esas cosas. Los periódicos se fijaron en aquellos jóvenes que se drogaban y practicaban sexo de un modo desenfrenado. El festival duró diez días, pero para algunos continúa todavía. Alrededor de Nimbin se dan buenas condiciones para el cultivo. De cualquier cosa. Dudo que los productos lácteos continúen siendo el sector económico más importante hoy día. En la calle principal, a cincuenta metros de la comisaría local, encuentras el mercado de marihuana más abierto al público de toda Australia. Y siento decirlo, pero también venden LSD .
–En todo caso –dijo Lebie–, la policía dice que le han visto en Nimbin recientemente.
–De hecho, el gobernador de Nueva Gales del Sur está realizando una importante campaña allí –añadió Watkins–. Al parecer, el gobierno federal le ha presionado para que haga algo con el floreciente narcotráfico.
–Así es –dijo Lebie–. La policía emplea avionetas y helicópteros para fotografiar los campos de cultivo de cáñamo.
–De acuerdo –dijo Watkins–. Debemos pillar a ese tipo. Kensington, al parecer conoce bien la zona, y usted, Holy, no tendrá nada en contra de visitar otras partes de Australia. Voy a pedir a McCor mack que llame por teléfono a Nimbin para avisar de vuestra llegada.